Esta semana en el corcho de anuncios del Pou de la Riba se anuncia horno de torrà con propietario incluido. Según se dice, el horno aún tiene buen tiraje y el dueño, también.
El invento, de ladrillo refractario y corazón de leña, según fuentes de bar y sobremesa, incluye el horno, la instalación vieja y al propietario, que va aparte pero no mucho. “Va tot junt”, han dicho en el bar del poble mientras tomaban un checolate.
Lo que vale un horno cuando ya tiene historia
El precio se valora en cabras, aunque todavía no ha quedado claro, porque depende si el horno está para usar, para restaurar o para enseñar a los nietos. También influye si va a leña, gas o una mezcla rara que solo entienden en masías donde se arreglan solsidas con cuatro cantals y una aixà torcida. Si el traspaso incluye clientela, muebles y una silla de plástico coja, la cosa sube.
La Puri, que lo ve todo con prismáticos desde la ventana, asegura que el horno “fa bona flama” y que el dueño “no piensa regalar ni las tejas”. En cambio, El Bocata opina que si cabe una barra de pan, cabe un negocio. Y no le falta razón, que por aquí las grandes teorías se hacen mirando el pan.
“Això no es ven cada dia. Un horno de torrà con el propietario ya te quita faena: si el horno calienta, el home también”, dijo un vecino en la puerta del bar.
Traspaso, permisos y otras alegrías de oficina
Los entendidos recomiendan dejarlo todo por escrito, que luego vienen los malentendidos y las caras largas. Inventario, contrato, licencias y la salida de humos bien mirá, porque en estas tierras cualquier chimenea que tire mal acaba dando conversación hasta en el bancal. Si el horno se desmonta, hace falta empresa seria; y si no, más seria todavía.
El trato final, como siempre, se cerrará entre un chiriflú, dos palmadas y la frase de rigor: “ya en parlarem”. Mientras tanto, en Atzeneta ya hay quien pregunta si se puede comprar también el olor a pan recién hecho, que eso sí que sería un lujo de verdad.

